lunes, 20 de mayo de 2019

LA DESCRIPCIÓN Y EL DIÁLOGO, 1º ESO

El conde 
Realmente, era la primera oportunidad que tenía de observar al conde tranquilamente y sus marcadas facciones me asombraron. Su nariz excesivamente curvada le daba un perfil de águila; tenía la frente alta y abombada y el pelo escaso en las sienes, pero abundante en el resto de la cabeza; las densas cejas se juntaban casi encima de la nariz y su pelo daba la impresión de enmarcarla, de lo largo y espeso que era. La boca, o al menos lo que percibí de ella bajo su enorme bigote, tenía una expresión cruel y los dientes, relucientes de blancura, eran asombrosamente afilados, avanzando de forma muy destacada sobre los labios, cuyo color rojo escarlata reflejaba una gran vitalidad en un hombre de su edad. Solo las orejas eran pálidas, terminando en punta por arriba. Su semblante producía la sensación de una asombrosa palidez. Había observado el dorso de sus manos, que tenía cruzadas sobre sus rodillas, y, a la luz del fuego, me parecieron más blancas y finas; sin embargo, al verlas más de cerca, comprobé que, por el contrario, eran muy rudas, anchas, con dedos cortos y gruesos. Y por muy extraño que parezca, el centro de las palmas estaba cubierto de vello. En cambio, las uñas eran largas y finas, terminadas en punta. Una vez que el conde se acercó a mí, no pude reprimir un escalofrío
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